En tiempos críticos y llenos de angustia, la principal y constante preocupación de los católicos fue siempre refugiarse bajo la mirada de María y confiarse a su maternal bondad, lo cual demuestra que la Iglesia Católica ha puesto siempre, y con razón, toda su confianza en la Madre de Dios.

La historia antigua y moderna y los fastos memorables de la Iglesia recuerdan las oraciones públicas y privadas dirigidas a la Madre de Dios, así como las ayudas concedidas por Ella, y, en muchas circunstancias, la paz y tranquilidad públicas, obtenidas por su intercesión. De ahí los excelentes títulos de auxiliadora, bienhechora y consoladora de los cristianos, reina de los ejércitos y dispensadora de la victoria y la paz, con los que se le ha saludado.

Entre todos esos títulos es especialmente solemne y digno de mención el que le viene del Rosario, por el cual han sido consagrados a perpetuidad los insignes beneficios que le debe a Ella la cristiandad.    PAPA LEÓN XII.

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