«¡Preparad el camino del Señor; abrid sendas rectas para él!» (Lc 3, 4)

Palabra de vida  –  Diciembre 2011

«¡Preparad el camino del Señor; abrid sendas rectas para él!» (Lc 3, 4)1.

En este tiempo de Adviento, tenemos una nueva «palabra» que estamos invitados a vivir. El evangelista Lucas la toma de Isaías, el profeta de la consolación. Los primeros cristianos aplican esta palabra a Juan el Bautista, que precedió a Jesús.
En este tiempo que antecede a la Navidad, al presentar precisamente al Precursor, la Iglesia nos invita a la alegría, porque el Bautista es como un mensajero que anuncia al Rey que está a punto de llegar. Se acerca el tiempo en que Dios cumple sus promesas, perdona los pecados y da la salvación.
«¡Preparad el camino del Señor; abrid sendas rectas para él!».

Si bien ésta es una palabra de alegría, también es una invitación a orientar de nuevo nuestra existencia, a cambiar radicalmente de vida.
El Bautista invita a preparar el camino del Señor, pero ¿cuál es ese camino?
Antes de salir a vida pública para iniciar su predicación, Jesús, anunciado por el Bautista, pasó por el desierto. Ése fue su camino. En el desierto, donde encontró una profunda intimidad con su Padre, también sufrió tentaciones, y de ese modo se hizo solidario con todos los hombres. Pero salió vencedor de ellas.
Es el mismo camino que vemos luego en su muerte y resurrección. Jesús, que recorrió su camino hasta el final, se hace Él mismo «camino» para nosotros, que estamos en camino.
Él mismo es el camino que debemos emprender para poder realizar hasta el fondo nuestra vocación humana, que es entrar en la plena comunión con Dios.
Cada uno de nosotros está llamado a preparar el camino a Jesús, que quiere entrar en nuestra vida. Para ello es necesario enderezar las sendas de nuestra existencia de manera que Él pueda venir a nosotros.
Es necesario prepararle el camino, eliminando los obstáculos uno a uno: los que pone nuestro modo limitado de ver las cosas, nuestra débil voluntad.
Hay que tener el valor de elegir entre un camino nuestro y su camino para nosotros, entre nuestra voluntad y su voluntad, entre un plan que nosotros queremos y el que su amor omnipotente ha pensado.
Y una vez tomada esta decisión, trabajemos para adecuar nuestra voluntad recalcitrante a la suya.
¿Cómo? Los cristianos realizados nos enseñan un método bueno, práctico e inteligente: ya, ahora.
En cada momento, quitemos una piedra tras otra para que en nosotros ya no viva nuestra voluntad, sino la suya.
Así habremos vivido la Palabra:
«¡Preparad el camino del Señor; abrid sendas rectas para él!».

Chiara Lubich
 

1) Palabra de vida, diciembre 1997, publicada en Ciudad Nueva nº 340.




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«Estad, pues, muy atentos, porque no sabéis ni el día ni la hora»

Palabra de vida
«Estad, pues, muy atentos, porque no sabéis ni el día ni la hora» (Mt 25,13).

Chiara Lubich 01/11/2011
Jesús acaba de salir del templo. Los discípulos le hacen notar con orgullo la grandiosidad y la belleza del edificio. Y Jesús: «¿Veis todo esto? Pues os aseguro que aquí no va a quedar pie-dra sobre piedra. ¡Todo será destruido!» (2). Luego, sube al Monte de los Olivos, se sienta y, mirando a Jerusalén delante de Él, empieza a hablar de la destrucción de la ciudad y del fin del mundo.
¿Cómo sucederá el fin del mundo? –le preguntan los discípulos– y ¿cuándo llegará? Es una pregunta que también se han planteado las generaciones cristianas sucesivas, una pregunta que se hace cualquier ser humano, pues el futuro es misterioso y a menudo da miedo. Hoy también hay quien pregunta a los adivinos e indaga en el horóscopo para saber cómo será el futuro, qué sucederá…

La respuesta de Jesús es cristalina: el final de los tiempos coincidirá con su venida. Él, el Se-ñor de la historia, volverá. Él es el punto luminoso de nuestro futuro.
Y ¿cuándo será este encuentro? Nadie lo sabe; puede suceder en cualquier momento, ya que nuestra vida está en sus manos. Él nos la ha dado y puede volver a tomarla de improviso, sin previo aviso. No obstante nos advierte: podéis estar preparados para este acontecimiento si sois vigilantes.

«Estad, pues, muy atentos, porque no sabéis ni el día ni la hora».

Con estas palabras Jesús nos recuerda sobre todo que Él vendrá. Nuestra vida en la tierra se terminará y empezará una vida nueva que ya no tendrá fin. Hoy nadie quiere hablar de la muerte… A veces hacemos lo que sea para distraernos, nos metemos de lleno en las ocupa-ciones cotidianas y llegamos a olvidar a Aquel que nos ha dado la vida y que nos la volverá a pedir para introducirnos en la plenitud de la vida, en la comunión con su Padre, en el Paraíso.

¿Estaremos preparados para el encuentro con Él? ¿Tendremos la lámpara encendida, como las vírgenes prudentes que esperan al esposo? Es decir, ¿estaremos en el amor? ¿O bien nuestra lámpara estará apagada porque, inmersos en las muchas cosas que hay que hacer, en las alegrías efímeras, en la posesión de bienes materiales, nos hemos olvidado de lo único necesario, que es amar?

«Estad, pues, muy atentos, porque no sabéis ni el día ni la hora».

Pero ¿cómo velar? Ante todo sabemos que vela bien precisamente el que ama. Lo sabe la es-posa que espera a su marido que llega tarde del trabajo o que debe volver de un largo viaje; lo sabe la madre que está intranquila porque su hijo todavía no ha vuelto a casa; lo sabe el enamorado, que no ve la hora de reunirse con su amada… Quien ama sabe esperar aunque el otro tarde.

Esperamos a Jesús si lo amamos y deseamos ardientemente el encuentro con Él.Y lo esperamos amando concretamente, sirviéndole, por ejemplo, en quienes tenemos cerca o comprometiéndonos a construir una sociedad más justa. El propio Jesús nos invita a vivir así en la parábola del siervo fiel que, mientras espera a su señor, se encarga de los criados y de los asuntos domésticos; y en la de los siervos que, en espera también de que vuelva su señor, se esfuerzan por sacar provecho de los talentos que han recibido.

«Estad, pues, muy atentos, porque no sabéis ni el día ni la hora».

Precisamente porque no sabemos ni el día ni la hora en que va a llegar, podemos concen-trarnos más fácilmente en el hoy que se nos da, en el afán de cada día, en el presente que la Providencia nos ofrece para vivir.

Hace tiempo me dirigí espontáneamente a Dios con esta oración que quisiera recordar ahora:

«Jesús,

Hazme hablar siempre
como si fuese
la última palabra que digo.
Hazme actuar siempre
como si fuese
la última acción que hago.
Hazme sufrir siempre
como si fuese
el último sufrimiento
que tengo para ofrecerte.
Hazme rezar siempre
como si fuese
la última posibilidad
que tengo aquí en la tierra
de conversar contigo».

1) Palabra de vida, noviembre 2002, publicada en Ciudad Nueva nº 393. 2) Mt 24, 2.




Andrea Riccardi, fundador de las Comunidades de San Egidio, ministro en el Gobierno de Italia.

Amén del extraordinario trabajo sociocaritativo, las Comunidades de San Egidio ejerce una especie de "diplomacia en la sombra" del Vaticano y jugó un importante papel en numerosos procesos de mediación, como el que dio lugar al acuerdo de paz en Guatemala en 1996. El diálogo interreligioso y el ecumenismo son otras de las características de las Comunidades de San Egidio, cuyo epicentro se halla en el barrio romano del Trastevere. Igualmente fue clave en la conclusión en 1992 de un acuerdo de paz que puso fin a 16 años de guerra civil en Mozambique.

Riccardi fue premiado en Alemania en 2009 con el Premio Carlomagno, que galardona anualmente a importantes personalidades que hayan contribuido al avance de la causa europea y a la creación de "una Europa humana y solidaria, tanto dentro como fuera de sus fronteras".

La Comunidad de San Egidio, apodada «la pequeña ONU de Trastévere», por el nombre del barrio romano donde tiene su sede, fue fundada en 1968 por Riccardi y un grupo de estudiantes católicos y con el paso de los años se ha especializado en negociaciones de paz.




DEDICACION DE LA BASILICA DE SAN JUAN DE LETRAN

Según una tradición que arranca del siglo XII, se celebra el día de hoy el aniversario de la dedicación de la basílica construida por el emperador Constantino en el Laterano. Esta celebración fue primero una fiesta de la ciudad de Roma; más tarde se extendió a toda la Iglesia de rito romano, con el fin de honrar aquella basílica, que es llamada «madre y cabeza de todas las iglesias de la Urbe y del Orbe», en señal de amor y de unidad para con la cátedra de Pedro que, como escribió san Ignacio de Antioquía, «preside a todos los congregados en la caridad.

De los Sermones de san Cesáreo de Arlés, obispo.
(Sermón 229, 1-3: CCL 104, 905-908)

TODOS, POR EL BAUTISMO, HEMOS SIDO HECHOS TEMPLOS DE DIOS.

Hoy, hermanos muy amados, celebramos con gozo y alegría, por la benignidad de Cristo, la dedicación de este templo; pero nosotros debemos ser el templo vivo y verdadero de Dios. Con razón, sin embargo, celebran los pueblos cristianos la solemnidad de la Iglesia madre, ya que son conscientes de que por ella han renacido espiritualmente. En efecto, nosotros, que por nuestro primer nacimiento fuimos objeto de la ira de Dios, por el segundo hemos llegado a ser objeto de su misericordia. El primer nacimiento fue para muerte; el segundo nos restituyó a la vida.
(…)

¿Deseas encontrar limpia la basílica? Pues no ensucies tu alma con el pecado. Si deseas que la basílica esté bien iluminada, Dios desea también que tu alma no esté en tinieblas, sino que sea verdad lo que dice el Señor: que brille en nosotros la luz de las buenas obras y sea glorificado aquel que está en los cielos. Del mismo modo que tú entras en esta iglesia, así quiere Dios entrar en tu alma, como tiene prometido: Habitaré en medio de ellos y andaré entre ellos.




El cristianismo ¿está agotado o pasado de moda?

BENEDICTO XVI  RESPONDE

El cristianismo ¿está agotado o pasado de moda?

«Si se mira superficialmente y sólo se tiene en el campo visual el mundo occidental, podría pensarse de ese modo. Pero si se mira más a fondo se ve que el cristianismo está desplegando al mismo tiempo una creatividad totalmente nueva.

Por ejemplo, en Brasil hay nuevas eclosiones católicas, como los Heraldos del Evangelio, jóvenes llenos de entusiasmo que han reconocido a Cristo como el Hijo de Dios y lo llevan al mundo.

 O bien pensemos en lo que significa la Iglesia para África. Ella es a menudo lo único que permanece entre los trastornos y destrucciones de las guerras.

Con menor nitidez pero a pesar de ello de forma inequívoca existe también aquí, en Occidente, el despertar de nuevas iniciativas católicas que vienen de dentro, de la alegría de personas jóvenes.

Tal vez el cristianismo asume hoy otro rostro. No tiene en sus manos el puesto de mando en la opinión pública del mundo: son otros los que allí gobiernan. Pero es la fuerza vital sin la cual las demás cosas no seguirían en pie. En tal sentido, soy muy optimista en cuanto a que el cristianismo se encuentra ante un nuevo dinamismo».

 
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