FELICES VACACIONES
Felices días de descanso a quienes ya disfrutan de sus vacaciones.
Felices días de descanso a quienes ya disfrutan de sus vacaciones.
La libertad dada y hecha posible por Dios está siempre en peligro: pero el Dios de la Biblia se manifiesta como el que constantemente se preocupa por la restauración y la extensión de la libertad. Esto está magníficamente expresado en el salmo 81, un texto catequético para la celebración de la fiesta de los Tabernáculos. El puesto principal no lo ocupa la ira de Dios que habrá de alcanzar a los hombres en el caso de que infrinjan sus mandamientos, sino la preocupación amorosa de Dios por su pueblo. De esta preocupación surge la decepción de Dios con respecto al pueblo «que no le ha aceptado», así como su queja de que este pueblo se arruine a sí mismo, en lugar de aceptar los beneficios que Dios ha querido hacerle. Se aprecia claramente que no es Dios, en realidad, quien castiga, sino el propio hombre quien se castiga a sí mismo al apartarse de Dios:
«Escucha, pueblo mío, yo te advierto,
¡oh, Israel, si quisieras escucharme!
No haya en ti dios extranjero,
no te postres ante dios extraño;
yo, Yahvé, soy tu Dios,
que te hice subir del país de Egipto;
abre toda tu boca y yo la llenaré.
Pero mi pueblo no escuchó mi voz,
Israel no me quiso obedecer;
por eso les abandoné a la dureza de su corazón
para que caminaran según sus designios.
¡Ah, si mi pueblo me escuchara,
si Israel siguiera mis caminos…!
AL punto abatiría yo a sus enemigos,
volvería mi mano contra sus adversarios.
Los que odian a Yahvé le adularían,
y su tiempo estaría para siempre fijado;
y a él le sustentaría con la flor del trigo
y le saciaría con la miel de la rosa» (Sal 81, 9-17)
El ethos bíblico, en el que es característico el momento del perdón, manifiesta un gran realismo. Todos necesitamos ser siempre perdonados,porque todos fallamos
continuamente. Esto significa que la libertad, tal como la ve la Biblia, es una realidad que se alimenta de la fuerza del perdón. En una sociedad carente, como la nuestra, de caridad y de consideración, es muy importante captar y vivir conscientemente esta relación. La conversión es una acción de salvamento de la libertad; es la oposición autocrítica no sólo contra los propios deseos de adaptarse a unos criterios morales con muy bajos niveles de exigencia, sino también contra los estados colectivos de opinión que tienden a exagerar los niveles éticos de los hombres.
La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con vosotros. Este es el Dios en el que creemos los cristianos. Así lo decimos y así lo proclamamos cuando comenzamos nuestras eucaristías con estas palabras de San Pablo. Es una confesión explícita en el Dios Trinidad, en el Dios comunión y familia. No tenemos por qué intentar explicar teológicamente el misterio de la Santísima Trinidad, porque en ningún caso lo íbamos a conseguir del todo. El ser humano no puede entender, ni explicar a Dios. Un ser que es esencialmente infinito e inmenso no puede ser explicado con palabras humanas, siempre limitadas y finitas. Cuando hablamos del misterio de la Santísima Trinidad nos basta con creer lo que nos dice hoy San Pablo: que Dios, nuestro Padre, es gracia, es amor y es comunión.
Tanto amó Dios al mundo. La esencia de Dios es amor, amor de padre. De padre y madre, porque en Dios no hay distinción de género. Para entender humanamente el amor del Dios padre y madre nos basta con fijarnos en la conducta del padre en la parábola del hijo pródigo, o del padre misericordioso. El amor del padre de esta parábola llega a extremos difícilmente aceptables en nuestros comportamientos humanos: es todo ternura, compasión, misericordia, perdón. No hay reproches, ni condenas, ni memoria del pecado del hijo. El amor de Dios es así; así nos dibujó Cristo a su Padre en esta parábola, así quiere Cristo que veamos nosotros a su Padre y a nuestro Padre Dios.
No mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. También el Hijo es todo amor; no ha venido a condenar, sino a salvar. Los discípulos de Cristo debemos reprimir un poco, o un mucho, nuestros impulsos habituales para juzgar y condenar al prójimo. El Espíritu de Cristo debe manifestarse en nosotros más por nuestra facilidad en perdonar, que por nuestro empeño en condenar. Así fue el corazón de Cristo y así debe ser nuestro corazón.
De un árbol, admiramos su follaje y sus flores y esperamos sus frutos, pero esa vida al árbol le llega de las raíces. Es lo que sucede también con nosotros. Estamos llamados a dar, a amar, a servir, a crear relaciones de fraternidad, a trabajar para construir un mundo más justo. Pero se necesitan raíces, es decir, vida interior de unión con Dios, nuestra relación personal de amor con él, que motiva y alimenta la vida de comunión fraterna y el compromiso social. Es igualmente cierto que, el amor al otro, alimenta a su vez el amor a Dios y lo hace más vital y concreto, tal como la luz y el calor, a través de las hojas, fortalecen las raíces. Amor a Dios y amor al prójimo son expresiones de un único amor. También a nosotros Jesús nos repite lo que un día le dijo a sus discípulos, al verlos cansados por su entrega generosa a los demás. La vida interior y la vida externa son una raíz de la otra. (…)
En una ocasión escribí:
“…¡Señor!En el corazón te tengo,
tesoro que ha de dar sentido a mis gestos.
Tú, cuídame, mírame,
es tuyo el amar: gozar y padecer.
Que nadie recoja un suspiro.
Oculta en tu tabernáculo,
vivo, trabajo por todos.
Que el toque de mi mano sea tuyo,
sólo tuyo el acento de mi voz…”.
Aún cuando no nos sea posible alejarnos del ruido o del torbellino del mundo que nos rodea, podemos ir al fondo del corazón, en busca de Dios, y él siempre está allí. A veces bastará decir: “Es por ti, Jesús”, antes de cada actividad y de un encuentro. Este también es un medio para retirarse un poco aparte y darle a todo un sentido, una entonación sobrenatural. Y ofrecerle cada dolor, pequeño o comunión con él nos perfeccionará. También el físico resultará beneficiado y será posible volver con nuevas energías a nuestra actividad, a amar con impulso renovado.
Chiara Lubich