SU MISA, NUESTRA MISA

Su Misa, nuestra Misa

Si tú sufres y tu sufrir es tal
que te impide toda actividad,
acuérdate de la Misa.
En la Misa,
hoy como entonces,
Jesús no trabaja, no predica:
Jesús se sacrifica por amor.
En la vida se pueden hacer muchas cosas,
decir muchas palabras;
pero la voz del dolor, quizá sorda y desconocida para los demás,
del dolor ofrecido por amor,
es la palabra más fuerte:
la que hiere al Cielo.
Si sufres,
sumerge tu dolor en el suyo:
di tu Misa.
Y si el mundo no comprende estas cosas,
no te turbes;
basta con que te comprendan
Jesús, María, los santos.
Vive con ellos y deja que corra tu sangre
en beneficio de la humanidad:
¡como El!
¡La Misa!
¡Demasiado grande para ser comprendida!
Su Misa, nuestra Misa.

Chiara Lubich,
La doctrina espiritual, p. 185




FESTIVAL SOLIDARIO

FESTIVAL SOLIDARIO
A FAVOR DE
CARITAS PARROQUIAL
DIA: 27 Marzo 2010
Hora: 18 h.
Lugar: Parroquia Sta Beatriz
Precio: TU PRESENCIA
(Colaboración voluntaria)



SOY TRIGO DE DIOS

SOY TRIGO DE DIOS Y HE DE SER MOLIDO POR LOS DIENTES DE LAS FIERAS

De la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Romanos (Cap. 4. 1-2; 6, 1–8, 3: Funk 1, 217-223)

Yo voy escribiendo a todas las Iglesias, y a todas les encarezco lo mismo: que moriré de buena gana por Dios, con tal que vosotros no me lo impidáis. Os lo pido por favor: no me demostréis una benevolencia inoportuna. Dejad que sea pasto de las fieras, ya que ello me hará posible alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios y he de ser molido por los dientes de las fieras, para llegar a ser pan limpio de Cristo. Rogad por mí a Cristo, para que, por medio de esos instrumentos, llegue a ser una víctima para Dios. De nada me servirán los placeres terrenales ni los reinos de este mundo. Prefiero morir en Cristo Jesús que reinar en los confines de la tierra. Todo mi deseo y mi voluntad están puestos en aquel que por nosotros murió y resucitó. Se acerca ya el momento de mi nacimiento a la vida nueva. Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que muera; si lo que yo anhelo es pertenecer a Dios, no me entreguéis al mundo ni me seduzcáis con las cosas materiales; dejad que pueda contemplar la luz pura; entonces seré hombre en pleno sentido. Permitid que imite la pasión de mi Dios. El que tenga a Dios en si entenderá lo que quiero decir y se compadecerá de mi, sabiendo cuál es el deseo que me apremia. El príncipe de este mundo me quiere arrebatar y pretende arruinar mi deseo que tiende hacia Dios. Que nadie de vosotros, los aquí presentes, lo ayude; poneos más bien de mi parte, esto es, de parte de Dios. No queráis a un mismo tiempo tener a Jesucristo en la boca y los deseos mundanos en el corazón. Que no habite la envidia entre vosotros. Ni me hagáis caso si, cuando esté aquí, os suplicare en sentido contrario; haced más bien caso de lo que ahora os escribo. Porque os escribo en vida, pero deseando morir. Mi amor está crucificado y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos; únicamente siento en mi interior la voz de una agua viva que me habla y me dice: «Ven al Padre.» No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo. Lo que deseo es el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo, de la descendencia de David, y la bebida de su sangre, que es la caridad incorruptible. No quiero ya vivir más la vida terrena. Y este deseo será realidad si vosotros lo queréis. Os pido que lo queráis, y así vosotros hallaréis también benevolencia. En dos palabras resumo mi súplica: haced me caso. Jesucristo os hará ver que digo la verdad, él, que es la boca que no engaña, por la que el Padre ha hablado verdaderamente. Rogad por mí, para que llegue a la meta. Os he escrito no con criterios humanos, sino conforme a la mente de Dios. Si sufro el martirio, es señal de que me queréis bien; de lo contrario, es que me habéis aborrecido.




Los milagros no ocurren en contradicción.

Los milagros no ocurren en contradicción con la naturaleza
sino en contradiccion con lo que sabemos de la naturaleza



ELOGIO DE LA CARIDAD / SAN AGUSTIN

Elogio de la caridad

San Agustin

(Sermón 350, 2-3)

El amor por el que amamos a Dios y al prójimo, resume en sí toda la grandeza y profundidad de los demás preceptos divinos. He aquí lo que nos enseña el único Maestro celestial: amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu entendimiento; y amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la Ley y los profetas (/Mt/22/37-40/Ag). Por consiguiente, si te falta tiempo para estudiar página por página todas las de la Escritura, o para quitar todos los velos que cubren sus palabras y penetrar en todos los secretos de las Escrituras, practica la caridad, que lo comprende todo. Así poseerás lo que has aprendido y lo que no has alcanzado a descifrar. En efecto, si tienes la caridad, sabes ya un principio que en sí contiene aquello que quizá no entiendes. En los pasajes de la Escritura abiertos a tu inteligencia la caridad se manifiesta, y en los ocultos la caridad se esconde. Si pones en práctica esta virtud en tus costumbres, posees todos los divinos oráculos, los entiendas o no.

Por tanto, hermanos, perseguid la caridad, dulce y saludable vínculo de los corazones; sin ella, el más rico es pobre, y con ella el pobre es rico. La caridad es la que nos da paciencia en las aflicciones, moderación en la prosperidad, valor en las adversidades, alegría en las obras buenas; ella nos ofrece un asilo seguro en las tentaciones, da generosamente hospitalidad a los desvalidos, alegra el corazón cuando encuentra verdaderos hermanos y presta paciencia para sufrir a los traidores.

Ofreció la caridad agradables sacrificios en la persona de Abel; dio a Noé un refugio seguro durante el diluvio; fue la fiel compañera de Abraham en todos sus viajes; inspiró a Moisés suave dulzura en medio de las injurias y gran mansedumbre a David en sus tribulaciones. Amortiguó las llamas devoradoras de los tres jóvenes hebreos en el horno y dio valor a los Macabeos en las torturas del fuego.

La caridad fue casta en el matrimonio de Susana, casta con Ana en su viudez y casta con María en su virginidad. Fue causa de santa libertad en Pablo para corregir y de humildad en Pedro para obedecer; humana en los cristianos para arrepentirse de sus culpas, divina en Cristo para perdonárselas. Pero ¿qué elogio puedo hacer yo de la caridad, después de haberlo hecho el mismo Señor, enseñándonos por boca de su Apóstol que es la más excelente de todas las virtudes? Mostrándonos un camino de sublime perfección, dice: aunque yo hablara las lenguas de los hombres y los de ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Y aunque tuviera el don de profecía y supiera todos los misterios y toda la ciencia; y aunque tuviera tal fe que trasladara los montes, si no tengo caridad, nada soy. Y aunque distribuyera todos mis bienes entre los pobres, y aunque entregara mi cuerpo para ser quemado, si no tengo caridad, de nada me aprovecha. La caridad es paciente; es benigna; la caridad no es envidiosa, no obra precipitadamente, no se ensoberbece, no es ambiciosa, no busca su interés, no se irrita, no piensa mal, no se goza con el mal, se alegra con la verdad. Todo lo tolera, todo lo cree, todo lo espera, lo soporta todo. La caridad nunca fenece (/1Co/13/01-08/Ag).

¡Cuántos tesoros encierra la caridad! Es el alma de la Escritura, la virtud de las profecías, la salvación de los misterios, el fundamento de la ciencia, el fruto de la fe, la riqueza de los pobres, la vida de los moribundos. ¿Se puede imaginar mayor magnanimidad que la de morir por los impíos, o mayor generosidad que la de amar a los enemigos?

La caridad es la única que no se entristece por la felicidad ajena, porque no es envidiosa. Es la única que no se ensoberbece en la prosperidad, porque no es vanidosa. Es la única que no sufre el remordimiento de la mala conciencia, porque no obra irreflexivamente. La caridad permanece tranquila en los insultos; en medio del odio hace el bien; en la cólera tiene calma; en los artificios de los enemigos es inocente y sencilla, gime en las injusticias y se expansiona con la verdad.

Imagina, si puedes, una cosa con más fortaleza que la caridad, no para vengar injurias, sino más bien para restañarlas. Imagina una cosa más fiel, no por vanidad, sino por motivos sobrenaturales, que miran a la vida eterna. Porque todo lo que sufre en la vida presente es porque cree con firmeza en lo que está revelado de la vida futura: si tolera los males, es porque espera los bienes que Dios promete en el cielo; por eso la caridad no se acaba nunca.

Busca, pues, la caridad, y meditando santamente en ella, procura producir frutos de santidad. Y todo cuanto encuentres de más excelente en ella y que yo no haya notado, que se manifieste en tus costumbres.




«AQUÍ ESTOY, SEÑOR»

«AQUÍ ESTOY, SEÑOR»
La historia de la vocación de Samuel (1ª lectura), nos recuerda que la vocación de Dios no es resultado de los esfuerzos o investigaciones humanas sino dignación gratuita de Dios, que suele servirse de otros hombres como intermediarios. En este caso a través del sacerdote Elí, en el caso de Pablo fue Ananías y en la llamada de los discípulos unos llevaron a otros al encuentro con Jesús (Evangelio). En sus rasgos generales la vocación de Samuel apenas difiere de la llamada a otros profetas como Isaías o Jeremías.

Samuel es el que elige y unge a Saúl por rey. Representa por ello el fin de la época de los jueces y principio de la monarquía. Es el primer eslabón en la larga cadena de grandes profetas. Junto a la vocación de profeta hay otras vocaciones o carismas. No hay aptitud humana que no pueda ser integrada en la Iglesia a servicio de los demás.

En la comunidad de Corinto pululaban ideas sincretísticas y entre ellas, se había implantado un pensamiento de separación entre el cuerpo y el alma. Pensaban que, si alma y cuerpo forman un tándem incomunicado, el alma no puede verse contaminada por las faltas del cuerpo. Esta especie de dualismo les llevó, paradójicamente, a entregarse a orgías sin freno, mostrándose escépticos frente a la fe en la resurrección de la carne.

Pablo pretende sacarles de su error: «¿No sabéis que…?» Lo que pretende recordarles como base fundamental sobre la que se debe construir una conducta cristiana es que el cuerpo pertenece al Señor. Si Cristo murió y resucito, quiere decir que su encarnación no pretendía salvar solamente el alma sino también el cuerpo como parte integrante de la persona.

En los evangelios sinópticos es Jesús el que toma la iniciativa y llama: «¡Sígueme!» (Mc 2,14; Mt 9,9; Lc 5,27). En Juan sucede de otra manera. Jesús se siente seguido por unos desconocidos y sorprendido les pregunta: ¿Qué buscáis? Y ellos responden con una contra-pregunta: ¿Maestro, dónde moras? Y se quedaron con él. No reciben inicialmente un programa ni una misión concreta. Se trata únicamente de él, de su persona, de una comunidad de vida para aprender de él. La pregunta «¿dónde moras?» es mucho más que una información sobre una calle y número. Donde vivimos es nuestra casa, el medio en el que podemos estar y vivir.

Desde el comienzo de su ministerio público, Jesús pone de manifiesto que la vocación cristiana es esencialmente un encuentro y lo principal es la vivencia de Dios. Tres hombres dejan el magisterio de Juan para hacerse discípulos de Jesús. ¿Qué vieron en Jesús que no habían visto en Juan? Sin duda encontraron en él nuevas motivaciones para vivir y nuevas metas para los afanes de su vida. Juan predicaba el bautismo de penitencia, una rápida conversión ante la amenaza del hacha suspendida sobre la raíz del árbol, ante el juicio inapelable del «más fuerte», que viene con el bieldo en la mano para hacer la separación irreversible. El mensaje de Jesús lleva otro signo. No predica ante todo la conversión del hombre a dios ni el miedo, sino la iniciativa del amor de Dios que viene al encuentro de los hombres para salvarlos. Hay aquí una gran diferencia. Dios toma la iniciativa en la salvación por amor y el que le acepta por la fe se hace hijo suyo.

Con la llamada de los primeros discípulos comienza la formación del nuevo pueblo de Dios en el que todos pueden integrarse como miembros con sólo seguir la voz de la llamada. Unos hombres son sacados de las faenas de la vida ordinaria para encomendarles otra misión mucho más alta, más “social” y más espiritual. ¿Qué buscáis?», preguntó el Maestro. Buscar es una ocupación primordial en la actividad humana. El tema de la búsqueda de Jesús y de la permanencia en él se repite insistentemente en el Evangelio, principalmente en el de Juan. El hombre es un buscador y el que logra encontrar a Dios ha hecho el gran descubrimiento de su vida.

La hora del encuentro señala como un cambio de rasante desde donde se avista un nuevo mundo: es una hora-punta, un momento-estelar que merece ser consignado, como lo hace Juan. Dios ha querido asociarse colaboradores en su obra para que la obra divina de la redención sea también humana. Hombres llamados a experimentar la intimidad con Dios y a comunicar a los demás su hallazgo.

Una sola vez, Señor, que te encuentre, una sola vez, Señor, que fijes tu mirada en mí y yo me dé cuenta. No importa el lugar ni la hora, para mí será la hora decisiva.