UNA RELIGION VERDADERA Y CIENCIA

Los días 13 y 14 de enero se celebró en Grapevine (Texas) el encuentro WONDER [Asombro], que organiza el Instituto Word on Fire que impulsa el obispo de Winona-Rochester, Robert Barron. Participaron aproximadamente mil personas. Se trata de un congreso sobre ciencia y fe en el que participó la astrofísica Karin Öberg

Karin Öberg, durante una charla TED de hace dos años sobre algunos de los misterios que esconde el Universo.

Los días 13 y 14 de enero se celebró en Grapevine (Texas) el encuentro WONDER [Asombro], que organiza el Instituto Word on Fire que impulsa el obispo de Winona-Rochester, Robert Barron. Participaron aproximadamente mil personas.
Se trata de un congreso sobre ciencia y fe en el que participó la astrofísica Karin Öberg, profesora de astronomía y directora de los estudios de grado en la Universidad de Harvard, quien en su intervención afirmó que las maravillas del Universo no deberían hacernos pensar solo «en esas maravillas en sí mismas o en las verdades que revelan», sino también «en la fuente de todas las verdades y Creador último de todas las cosas».

La fe facilita la ciencia

Según recoge Catholic News Agency, Öberg afirmó que su trabajo como científica le permite darse cuenta de que vivimos en un universo «que ha tenido un principio, un punto intermedio y un final». Dijo también que la creencia en Dios no solo no es un impedimento para la investigación científica, sino una ayuda porque proporciona «un fundamento seguro»: «Debemos confiar plenamente en que una filosofía verdadera y una religión verdadera facilitan el conocimiento científico», añadió.
Karin, de origen sueco, es una conversa desde el ateísmo y actualmente forma parte de la Sociedad de Científicos Católicos, que recientemente ha llegado a España. Tiene 35 años y creció en una familia luterana, hasta que se hizo católica en 2012, profundizando en los estudios que realizaba sobre la fisicoquímica de la formación de los planetas y las estrellas.
En su intervención, recordó que numerosos científicos se han guiado en sus investigaciones por la fe, como el sacerdote Georges Lemaître, que propuso la teoría del Big Bang, la más comúnmente aceptada para explicar el origen físico del Universo: «No puedo dejar de preguntarme», dijo, «si la razón de que fuese él, en vez de algunos de los otros brillantes científicos que le rodeaban, quien tuviese esa idea, no tiene algo que ver con su catolicismo. Porque él ya sabía, por la fe, que el Universo había tenido un comienzo. Y creo que esa es la razón por la cual a muchos ateos les preocupaba la formulación de la teoría del Big Bang».

Los límites del método científico

La astrofísica sueca recordó asimismo que el método científico tiene sus límites: «Hay muchas cuestiones sobre el universo que podemos plantearnos pero no son científicos, como qué es lo que hace que el arte sea bello». Está muy difundida la idea, dijo, de que «solo puedes saber si algo es verdadero si lo demuestras científicamente», pero en realidad hay muchas formas de llegar a la verdad «y la ciencia solo es una de ellas». Ahí están, citó como ejemplo, las cuestiones metafísicas o morales.

Así convocó el obispo Barron la conferencia Wonder, y al hacerlo ofrece un dato: el 60% de los creyentes creen que hay un conflicto entre ciencia y fe. Una «trágica confusión», especialmente entre los jóvenes, que este evento pretende contribuir a disipar.
«Se supone que el método científico es hiper-racional», abundó Öberg, «pero si lo preguntas a un científico cómo tuvo una idea o una hipótesis concreta, con frecuencia te responden que fue ‘una inspiración'».

La inteligibilidad del Universo

Sin embargo, es la propia racionalidad del universo la que sugiere la existencia de un Creador: «La ciencia reposa sobre la existencia de un orden y una inteligibilidad en el universo, cuya existencia no puede demostrar la ciencia, es algo que la ciencia simplemente asume que existe».
La inteligibilidad del Universo, concluyó, es «una muestra la increíble generosidad del Creador», que en cierto modo comparte así su poder, algo que «habría sido imposible de imaginar en el mundo pre-científico».

Fuente: Religión en Libertad




LOS NIÑOS PROTAGONISTAS: INFANCIA MISIONERA

Jornada, Infancia Misionera - Parroquia Santa Beatriz

Cuatro millones de niños son ayudados en el mundo por otros pequeños gracias a Infancia Misionera.

La Infancia Misionera es la Obra Pontificia con la que el Papa apoya el trabajo que los misioneros realizan con los más pequeños en los territorios de misión. Gracias a la generosidad de los donantes –muchos de ellos niños-, se sostienen más de proyectos infantiles de educación, salud y protección de la vida y evangelización. Así, cuatro millones de niños al año encuentran en la Iglesia católica una familia.

Cuando Harriet enfermó de malaria y tifus en Bujuni (Uganda), un poblado sin agua ni luz ni carreteras, tenía pocas posibilidades de sobrevivir. Hizo un viaje de dos horas en moto hasta el hospital más cercano, el de la diócesis de Hoima, donde fue atendida por las religiosas Hijas de María de Uganda y se curó. Ahora ella quiere ser enfermera como ellas, y está estudiando en el colegio diocesano para poder conseguirlo, aunque tenga que caminar 4 horas al día.
Lejos de allí, en Tailandia, la madre de Chan se quedó embarazada muy joven y fue abandonada por todos, incluso por su novio. Las hermanas del Buen Pastor en Bangkok la acogieron y Chan va a poder nacer con dignidad, y tener un hogar donde crecer, al igual que muchos otros niños como él.
En India, la familia de Vikhonuo no tenía recursos para proporcionarle un futuro. Ingresó en el Hogar Eden garden en Nagalaand, llevado adelante por misioneros jesuitas, y allí ha podido estudiar y conocer a Jesús. Ahora tiene la esperanza de ser diseñadora mientras vive, crece y aprende rodeada de otros niños.

¿Qué tienen en común Harriet, Chan, y Vikhonuo?

Los tres han encontrado una familia en la Iglesia católica. Y son los protagonistas del vídeo propuesto por Infancia Misionera para la Jornada de este domingo.
Los niños ayudan a los niños. Los misioneros, dentro de su labor evangelizadora, atienden con especial cuidado a los niños, y lo hacen de muchas formas: escuelas, hospitales, orfanatos, centros de discapacitados, comedores, catequesis… Este trabajo es muy costoso, y necesita el apoyo de toda la Iglesia universal. El Santo Padre se lo ofrece a a través de lo que recauda Infancia Misionera en todo el mundo, para poder atender al año a más de cuatro millones de niños en África, Asia, Oceanía y ciertas regiones de América.

¿De dónde vienen los fondos para financiar proyectos al año?

Lo peculiar de Infancia Misionera es que muchos de los donantes también son niños. Desde su fundación, se invita a los más pequeños a participar en la misión de la Iglesia con su oración y sus donativos. De este modo, forman una red mundial, cuyo lema fundacional es “Los niños ayudan a los niños”.

Para esta Jornada, Infancia Misionera en España invita a todos los niños a rezar por los misioneros y por los niños del mundo. Además, les anima a colorear y montar sus propias “huchas del compartir”, para poder depositar sus donativos.

Sin embargo, esto no es solo cosa de niños. Desde que hace 100 años esta iniciativa se asumiera como una Obra Pontificia, se convirtió en el cauce oficial de la Santa Sede para sostener el trabajo que la Iglesia realiza con la infancia en los territorios de misión. Las necesidades son enormes, así que también los adultos están invitados a colaborar en esta gran obra de la Iglesia con su oración y sus donativos.

Fuente: Religión en Libertad




PALABRA DE VIDA – ENERO 2023

«Aprended a hacer el bien, buscad la justicia» (Is 1, 17).   
La palabra de vida del mes de enero está tomada del primer capítulo del profeta Isaías. Esta frase ha sido elegida para la «Semana de oración por la unidad de los cristianos», que se celebra en todo el hemisferio norte del 18 al 25 de enero. Los textos han sido preparados por un grupo de cristianos de Minnesota, en Estados Unidos . La justicia es un tema candente. Las desigualdades, la violencia y los prejuicios crecen en una sociedad a la que le cuesta dar testimonio de una cul-tura de paz y de unidad.
Y los tiempos de Isaías no eran muy diferentes de los nuestros. Las guerras, las rebeliones, la búsqueda de la riqueza y el poder, la idolatría y la marginación de los pobres habían hecho des-carriarse al pueblo de Israel. Con palabras muy duras, el profeta llama a su gente a convertirse, indicando el camino para volver al espíritu originario de la alianza de Dios con Abrahán.
«Aprended a hacer el bien, buscad la justicia».
¿Qué significa aprender a hacer el bien? Hemos de ponernos en disposición de aprender, lo cual requiere un esfuerzo por nuestra parte. En nuestro camino diario, siempre tenemos algo que comprender, que mejorar; podemos volver a empezar si nos hemos equivocado.
¿Qué significa buscar la justicia? Esta es como un tesoro que hay que buscar y desear: es la meta de nuestro modo de actuar. Practicar la justicia nos enseña a hacer el bien. Es saber captar la voluntad de Dios, que es nuestro bien.
Isaías ofrece ejemplos concretos. Las personas que Dios prefiere mayormente, porque son las más indefensas, son los oprimidos, los huérfanos y las viudas. Dios invita a su pueblo a cuidar de los demás de modo concreto, sobre todo de quienes no están en condiciones de hacer valer sus derechos. Las prácticas religiosas, los ritos, los sacrificios y las oraciones no le son gratos si no se corresponden con la búsqueda y la práctica del bien y la justicia.
«Aprended a hacer el bien, buscad la justicia».
Esta Palabra de vida nos empuja a ayudar a los demás a tener una mirada atenta y a socorrer al necesitado con hechos. Nuestro camino de conversión requiere abrir el corazón, la mente y los brazos, sobre todo, a quienes sufren.
«El deseo y la búsqueda de la justicia están grabados desde siempre en la conciencia del hombre; Dios mismo los depositó en su corazón. Pero, a pesar de las conquistas y progresos realizados a lo largo de la historia, ¡qué lejos sigue estando el pleno cumplimiento del proyecto de Dios! Las guerras en curso a día de hoy, así como el terrorismo y los conflictos étnicos, son señal de de-sigualdades sociales y económicas, de injusticias, de odios. […] Sin amor, sin respeto a la perso-na, sin atender sus necesidades, las relaciones personales pueden ser correctas, pero también pueden volverse burocráticas, incapaces de dar respuestas decididas a las exigencias humanas. Sin amor, nunca habrá justicia verdadera, no se compartirán los bienes entre ricos y pobres, no se atenderá la singularidad de cada hombre y mujer ni la situación concreta en que se encuen-tran» .
«Aprended a hacer el bien, buscad la justicia».
Vivir por un mundo unido es preocuparse de las heridas de la humanidad a través de pequeños gestos que ayudan a formar la familia humana.
Un día, J. de Argentina se encuentra por casualidad con el director del instituto donde había da-do clases, el cual lo había despedido con un pretexto. Cuando el director lo reconoce, trata de evitarlo, pero J. va a su encuentro. Le pregunta por él y el director le cuenta las dificultades de los últimos tiempos, le dice que vive en otra ciudad y que está buscando trabajo. J. se ofrece a ayudarlo, y al día siguiente difunde entre sus contactos la noticia de que está buscando trabajo para una persona. La respuesta no tarda en llegar. Cuando el director recibe la noticia de una oferta de trabajo, no se lo puede creer. La acepta, profundamente agradecido y conmovido de que precisamente aquel que él había despedido se interese concretamente por él.
J. recibe el «céntuplo», porque precisamente en ese momento le ofrecen dos trabajos que siem-pre había deseado, desde que estudiaba en la universidad. También él está asombrado y conmo-vido por el amor tan concreto de Dios .                                        Patrizia Mazzola y el equipo de la Palabra de vida




FELIZ NAVIDAD 2022

¡Feliz navidad! 
Que la Buena Noticia, del Nacimiento de Dios en Belén, llegue a ti y tu familia para llenar los corazones de esperanza e ilusión.




TRAZAR JUNTOS CAMINOS DE PAZ

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO

PARA LA CELEBRACIÓN DE LA
56 JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
1 DE ENERO DE 2023

Nadie puede salvarse solo. Recomenzar desde el COVID-19 para trazar juntos caminos de paz.

«Hermanos, en cuanto al tiempo y al momento, no es necesario que les escriba. Ustedes saben perfectamente que el Día del Señor vendrá como un ladrón en plena noche» (Primera carta de san Pablo a los Tesalonicenses 5,1-2).

1. Con estas palabras, el apóstol Pablo invitaba a la comunidad de Tesalónica, que esperaba el encuentro con el Señor, a permanecer firme, con los pies y el corazón bien plantados en la tierra, capaz de una mirada atenta a la realidad y a las vicisitudes de la historia. Por eso, aunque los acontecimientos de nuestra existencia parezcan tan trágicos y nos sintamos empujados al túnel oscuro y difícil de la injusticia y el sufrimiento, estamos llamados a mantener el corazón abierto a la esperanza, confiando en Dios que se hace presente, nos acompaña con ternura, nos sostiene en la fatiga y, sobre todo, guía nuestro camino. Con este ánimo san Pablo exhorta constantemente a la comunidad a estar vigilante, buscando el bien, la justicia y la verdad: «No nos durmamos, entonces, como hacen los otros: permanezcamos despiertos y seamos sobrios» (5,6). Es una invitación a mantenerse alerta, a no encerrarnos en el miedo, el dolor o la resignación, a no ceder a la distracción, a no desanimarnos, sino a ser como centinelas capaces de velar y distinguir las primeras luces del alba, especialmente en las horas más oscuras.

2. El COVID-19 nos sumió en medio de la noche, desestabilizando nuestra vida ordinaria, trastornando nuestros planes y costumbres, perturbando la aparente tranquilidad incluso de las sociedades más privilegiadas, generando desorientación y sufrimiento, y causando la muerte de tantos hermanos y hermanas nuestros.
Empujado dentro de una vorágine de desafíos inesperados y en una situación que no estaba del todo clara ni siquiera desde el punto de vista científico, el mundo sanitario se movilizó para aliviar el dolor de tantos y tratar de ponerle remedio; del mismo modo, las autoridades políticas tuvieron que tomar medidas drásticas en materia de organización y gestión de la emergencia.
Junto con las manifestaciones físicas, el COVID-19 provocó —también con efectos a largo plazo— un malestar generalizado que caló en los corazones de muchas personas y familias, con secuelas a tener en cuenta, alimentadas por largos períodos de aislamiento y diversas restricciones de la libertad.
Además, no podemos olvidar cómo la pandemia tocó la fibra sensible del tejido social y económico, sacando a relucir contradicciones y desigualdades. Amenazó la seguridad laboral de muchos y agravó la soledad cada vez más extendida en nuestras sociedades, sobre todo la de los más débiles y la de los pobres. Pensemos, por ejemplo, en los millones de trabajadores informales de muchas partes del mundo, a los que se dejó sin empleo y sin ningún apoyo durante todo el confinamiento.
Rara vez los individuos y la sociedad avanzan en situaciones que generan tal sentimiento de derrota y amargura; pues esto debilita los esfuerzos dedicados a la paz y provoca conflictos sociales, frustración y violencia de todo tipo. En este sentido, la pandemia parece haber sacudido incluso las zonas más pacíficas de nuestro mundo, haciendo aflorar innumerables carencias.

3. Transcurridos tres años, ha llegado el momento de tomarnos un tiempo para cuestionarnos, aprender, crecer y dejarnos transformar —de forma personal y comunitaria—; un tiempo privilegiado para prepararnos al “día del Señor”. Ya he dicho varias veces que de los momentos de crisis nunca se sale igual: de ellos salimos mejores o peores. Hoy estamos llamados a preguntarnos: ¿qué hemos aprendido de esta situación pandémica? ¿Qué nuevos caminos debemos emprender para liberarnos de las cadenas de nuestros viejos hábitos, para estar mejor preparados, para atrevernos con lo nuevo? ¿Qué señales de vida y esperanza podemos aprovechar para seguir adelante e intentar hacer de nuestro mundo un lugar mejor?
Seguramente, después de haber palpado la fragilidad que caracteriza la realidad humana y nuestra existencia personal, podemos decir que la mayor lección que nos deja en herencia el COVID-19 es la conciencia de que todos nos necesitamos; de que nuestro mayor tesoro, aunque también el más frágil, es la fraternidad humana, fundada en nuestra filiación divina común, y de que nadie puede salvarse solo. Por tanto, es urgente que busquemos y promovamos juntos los valores universales que trazan el camino de esta fraternidad humana. También hemos aprendido que la fe depositada en el progreso, la tecnología y los efectos de la globalización no sólo ha sido excesiva, sino que se ha convertido en una intoxicación individualista e idolátrica, comprometiendo la deseada garantía de justicia, armonía y paz. En nuestro acelerado mundo, muy a menudo los problemas generalizados de desequilibrio, injusticia, pobreza y marginación alimentan el malestar y los conflictos, y generan violencia e incluso guerras.
Si, por un lado, la pandemia sacó a relucir todo esto, por otro, hemos logrado hacer descubrimientos positivos: un beneficioso retorno a la humildad; una reducción de ciertas pretensiones consumistas; un renovado sentido de la solidaridad que nos anima a salir de nuestro egoísmo para abrirnos al sufrimiento de los demás y a sus necesidades; así como un compromiso, en algunos casos verdaderamente heroico, de tantas personas que no escatimaron esfuerzos para que todos pudieran superar mejor el drama de la emergencia.
De esta experiencia ha surgido una conciencia más fuerte que invita a todos, pueblos y naciones, a volver a poner la palabra “juntos” en el centro. En efecto, es juntos, en la fraternidad y la solidaridad, que podemos construir la paz, garantizar la justicia y superar los acontecimientos más dolorosos. De hecho, las respuestas más eficaces a la pandemia han sido aquellas en las que grupos sociales, instituciones públicas y privadas y organizaciones internacionales se unieron para hacer frente al desafío, dejando de lado intereses particulares. Sólo la paz que nace del amor fraterno y desinteresado puede ayudarnos a superar las crisis personales, sociales y mundiales.

4. Al mismo tiempo, en el momento en que nos atrevimos a esperar que lo peor de la noche de la pandemia del COVID-19 había pasado, un nuevo y terrible desastre se abatió sobre la humanidad. Fuimos testigos del inicio de otro azote: una nueva guerra, en parte comparable a la del COVID-19, pero impulsada por decisiones humanas reprobables. La guerra en Ucrania se cobra víctimas inocentes y propaga la inseguridad, no sólo entre los directamente afectados, sino de forma generalizada e indiscriminada en todo el mundo; también afecta a quienes, incluso a miles de kilómetros de distancia, sufren sus efectos colaterales —basta pensar en la escasez de trigo y los precios del combustible—.
Ciertamente, esta no es la era post-COVID que esperábamos o preveíamos. De hecho, esta guerra, junto con los demás conflictos en todo el planeta, representa una derrota para la humanidad en su conjunto y no sólo para las partes directamente implicadas. Aunque se ha encontrado una vacuna contra el COVID-19, aún no se han hallado soluciones eficaces para poner fin a la guerra. En efecto, el virus de la guerra es más difícil de vencer que los que afectan al organismo, porque no procede del exterior, sino del interior del corazón humano, corrompido por el pecado (cf. Evangelio según san Marcos 7,17-23).

5. ¿Qué se nos pide, entonces, que hagamos? En primer lugar, dejarnos cambiar el corazón por la emergencia que hemos vivido, es decir, permitir que Dios transforme nuestros criterios habituales de interpretación del mundo y de la realidad a través de este momento histórico. Ya no podemos pensar sólo en preservar el espacio de nuestros intereses personales o nacionales, sino que debemos concebirnos a la luz del bien común, con un sentido comunitario, es decir, como un “nosotros” abierto a la fraternidad universal. No podemos buscar sólo protegernos a nosotros mismos; es hora de que todos nos comprometamos con la sanación de nuestra sociedad y nuestro planeta, creando las bases para un mundo más justo y pacífico, que se involucre con seriedad en la búsqueda de un bien que sea verdaderamente común.
Para lograr esto y vivir mejor después de la emergencia del COVID-19, no podemos ignorar un hecho fundamental: las diversas crisis morales, sociales, políticas y económicas que padecemos están todas interconectadas, y lo que consideramos como problemas autónomos son en realidad uno la causa o consecuencia de los otros. Así pues, estamos llamados a afrontar los retos de nuestro mundo con responsabilidad y compasión. Debemos retomar la cuestión de garantizar la sanidad pública para todos; promover acciones de paz para poner fin a los conflictos y guerras que siguen generando víctimas y pobreza; cuidar de forma conjunta nuestra casa común y aplicar medidas claras y eficaces para hacer frente al cambio climático; luchar contra el virus de la desigualdad y garantizar la alimentación y un trabajo digno para todos, apoyando a quienes ni siquiera tienen un salario mínimo y atraviesan grandes dificultades. El escándalo de los pueblos hambrientos nos duele. Hemos de desarrollar, con políticas adecuadas, la acogida y la integración, especialmente de los migrantes y de los que viven como descartados en nuestras sociedades. Sólo invirtiendo en estas situaciones, con un deseo altruista inspirado por el amor infinito y misericordioso de Dios, podremos construir un mundo nuevo y ayudar a edificar el Reino de Dios, que es un Reino de amor, de justicia y de paz.
Al compartir estas reflexiones, espero que en el nuevo año podamos caminar juntos, aprovechando lo que la historia puede enseñarnos. Expreso mis mejores votos a los jefes de Estado y de gobierno, a los directores de las organizaciones internacionales y a los líderes de las diferentes religiones. A todos los hombres y mujeres de buena voluntad, les deseo un feliz año, en el que puedan construir, día a día, como artesanos, la paz. Que María Inmaculada, Madre de Jesús y Reina de la Paz, interceda por nosotros y por el mundo entero.

Vaticano, 8 de diciembre de 2022.  Francisco




HAKUNA Y EMAUS

Hakuna y Emaús: «Son un milagro del Espíritu Santo en medio de la secularización»

José Ignacio Munilla, obispo de Orihuela-Alicante. «Vivir el sacerdocio en una situación de fuerte secularización supone tener una vida interior más fuerte que nunca. Los fieles nos ayudan mucho a valorar el tesoro que tenemos. Cuando muchas personas, con una fe entrañable, vienen y te piden confesión, eso te conmueve. Si este reconocimiento comienza a fallar, el sacerdote tiene un riesgo de entrar en crisis en la propia valoración de su ministerio», comenta Munilla sobre el fenómeno de los sacerdotes «quemados» por su propia labor pastoral.

Llamados a florecer

Para que no llegue el abatimiento, el obispo recomienda a los sacerdotes volver siempre al Evangelio. «La Madre Teresa decía: ‘Yo no rezo para tener éxito, yo a Dios le pido ser fiel’. Esta frase supone una madurez interior muy grande. Para que nuestra alegría interior no esté supeditada al grado de aceptación es esencial ser capaces de cargar nuestras pilas de Jesucristo. Que la Eucaristía configure nuestra vida, que sea la que llene el corazón», explica.
En este sentido, el obispo aporta su propio testimonio. «En España hay lugares muy distintos, con facilidades diferentes para poder integrarse en la vida de un pueblo. Yo fui sacerdote con 24 años, en un pueblo muy secularizado. Un día, me paró una señora para decirme que en la pollería se habían apostado un pollo a que me quitaba la ropa de cura antes de Navidad. Cada uno, en la situación en la que está, tiene que abordar su ministerio sin complejos. Estamos llamados a florecer, donde Dios nos ha plantado», relata Munilla.
Pero reconoce que a veces no es fácil. «El peligro es el de asustarse, de mimetizarse… Queremos que el sacerdote sea un florero. Que no se salga de su rol, porque si no va a necesitar un nivel de energía, para remar a contra corriente, muy grande. Hay que ser capaces de insertarse gozosamente, pero, al mismo tiempo, sin ser fagocitado. Quizá somos mas débiles que generaciones anteriores, fruto del bienestar, de una sociedad en la que se nos ha dado todo hecho. No tenemos una fortaleza natural, como la que tuvieron los sacerdotes ancianos», explica.

Entonar el mea culpa

Sobre la crisis de fe y de vocaciones, Munilla da una clave importante. «Si antes una congregación religiosa tocaba muchas teclas y ahora no, lo importante será concentrar las energías en lo esencial, en la evangelización, en anunciar a Jesucristo. Hoy estamos haciendo autocrítica de que hemos hecho muchas obras sociales en las que no se han confesado explícitamente a Jesucristo. Esta crisis es una oportunidad para anunciar dónde está lo esencial», asegura.
En este sentido, asegura, que no es algo malo entonar el mea culpa. «El problema llega cuando es tarde para rectificar. A veces hay que entonar un mea culpa. En ciertas cosas nos hemos equivocado. Hicimos apuestas donde no fuimos conscientes de que estábamos siendo absorbidos por el espíritu del mundo. Ahora, que Dios nos da la gracia y las energías, que las concentremos en lo esencial: evangelizar, evangelizar y evangelizar», comenta.
El prelado también señala que el mensaje de Jesús no se puede trocear. «Esa posición entre ortodoxia y ortopráxis, entre verdad y caridad, misericordia y justicia… sacerdotes que dicen que su opción es la liturgia, o lo social. Ese tipo de contraposiciones, son un poco del ‘Mayo del 68’, que cuesta pasarle la página. Si por algo se tiene que caracterizar este momento es por la integración, por la lectura en su integridad del mensaje cristiano», relata.
Por ello, Munilla señala dos formas de acercarse al Evangelio. «Hay dos maneras de acercarse al Evangelio y al Magisterio de la Iglesia. Una es seleccionando los pasajes con los que más me identifico y, otra, es hacer lo contrario, me voy a centrar, precisamente, en las páginas que más me cuestan. Porque forman parte del mensaje revelado, para no hacer un Dios a mi medida», apunta.

Reconocer los dones

El obispo recuerda la esencia del cristianismo. «En mis primeros años de sacerdocio modulaba mucho mi discurso, dependiendo de a quién me dirigía. En la medida que he ido avanzando en mi comprensión de las cosas, te das cuenta de que lo esencial es igual para todo el mundo. La clave está en conectar con las grandes necesidades del corazón del hombre, en las que todos necesitamos ser interpelados», asegura.
La irrupción de las redes sociales también ha sido otro de los temas que Munilla ha querido tocar. «La capacidad crítica de los fieles, en el buen sentido de la palabra, ha crecido mucho. Hoy, como podemos escuchar muchas cosas, desde diferentes medios y soportes, eso hace que seamos más exigentes. Eso es bueno. Los sacerdotes también tenemos muchas más posibilidades ahora, y eso hace que se nos pida más, se comparan las cosas y se eleva el listón», comenta.
En este tema, el obispo da algunas claves sobre cómo los sacerdotes o religiosos deberían participar en las redes sociales. «Primero hay que discernir, para llegar a la conclusión de si estoy llamado o no. No todo el mundo estará llamado. Para evangelizar en las redes hay que ser austero en las formas, no estar fomentando la propia imagen, estamos anunciando a Jesucristo. También, ser austeros en nuestra presencia. Yo escribo diariamente un mensaje, pero no abusar, con constancia, eso sí. Y, por último, es importante que en el mensaje que compartamos estén nuestras propias intuiciones. Tiene que ser un espejo de la experiencia interior», relata.
Munilla habla, también, de las inquietudes de los jóvenes y de nuevas iniciativas como Hakuna o Emaús. «Tenemos que reconocer los dones del Espíritu, y bendecir a Dios por el hecho de que nos siga sorprendiendo. Que luego necesitan su purificación, pues claro… especialmente cuando es una realidad muy exitosa. A veces podemos caer en la autocomplacencia. El que seamos perseguidos, incomprendidos, el que, en vez de ponernos a la defensiva, hagamos de ello una oportunidad de purificación, es maravilloso. Que en pleno 2022, en medio de esta gran secularización, el Espíritu Santo siga suscitando cosas que lleguen al corazón de los jóvenes, es un milagro».

Para concluir, Munilla habla del drama del suicidio. «Necesitamos predicar a Jesucristo, que es la razón de ser de nuestra esperanza. Esta es una crisis de esperanza. Por un lado nos cerramos a transmitir la vida y, por el otro, tenemos un canto de sirena que es la llamada al suicidio. Necesitamos saber cuál es la razón de nuestra esperanza. Si no descubrimos que nuestra vida viene de Dios, que estamos llamados al amor, es imposible dar lo mejor de nosotros», comenta.

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