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Papa Francisco, Gaudete et exsultate, Nº 16, 17
Papa Francisco, Gaudete et exsultate, Nº 16, 17
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Vivía en Roma, en 1351, un hombre notable que se había hecho esclavo del diablo a través de un pacto. Durante 60 años, sirvió a Satanás en todo tipo de desórdenes y pecados muy graves. Luego llegó el momento de su muerte. Jesús, por medio de santa Brígida, envió a un confesor para que lo persuadiera de confesarse. Fue a visitar al enfermo, y no fue sino hasta la tercera visita del confesor que el paciente finalmente abrió su corazón. Luego, recuperando gradualmente la confianza, el pecador respondió al confesor: «Padre, me creía maldito, pero ahora siento una profunda vergüenza por mis pecados, y como la esperanza de ser perdonado me es permitida, sí, ¡quiero confesarme!”. De hecho, el paciente se confesó en el acto, comulgó al día siguiente y murió seis días más tarde en gran contrición. Después de su muerte, Jesús habló nuevamente a santa Brígida y le dijo que este pecador se había salvado, que estaba en el purgatorio y que debía su salvación a la intercesión de la Virgen Madre de Dios.
San Alfonso María de Ligorio: En Las Glorias de María.
Manuel García
Cuenta San Mateo en su evangelio, que unos magos procedentes de Oriente se pusieron camino de Jerusalén siguiendo una estrella, que interpretaron como la venida a la tierra del rey de los Judíos.
Antonio Vaquerizo
La narración comienza con Pablo siendo llevado a Roma como prisionero (Hechos 27, 1ss). Pablo está encadenado. Los pasajeros en la nave están a la merced de las fuerzas de los mares debajo de ellos y de la potente tempestad que arrecia encima de ellos. Estas fuerzas los llevan a un terreno desconocido en el que están perdidos y sin esperanza. Mientras la historia se va desenvolviendo, vemos como aumenta la división entre los distintos grupos por la desconfianza y la sospecha. Sin embargo, de modo sorprendente, Pablo destaca como elemento de paz en el alboroto.