PRESENCIA DEL RESUCITADO

Recordemos cómo Jesús invitaba a sus discípulos a prestar atención a los detalles.
El pequeño detalle de que se estaba acabando el vino en una fiesta.
El pequeño detalle de que faltaba una oveja.
El pequeño detalle de la viuda que ofreció sus dos moneditas.
El pequeño detalle de tener aceite de repuesto para las lámparas por si el novio se demora.
El pequeño detalle de pedir a sus discípulos que vieran cuántos panes tenían.
El pequeño detalle de tener un fueguito preparado y un pescado en la parrilla mientras esperaba
a los discípulos de madrugada.
La comunidad que preserva los pequeños detalles del amor, donde los miembros se cuidan unos a otros y constituyen un espacio abierto y evangelizador, es lugar de la presencia del Resucitado que la va santificando según el proyecto del Padre. A veces, por un don del amor del Señor, en medio de esos pequeños detalles se nos regalan consoladoras experiencias de Dios.

Papa Francisco, Gaudete et exsultate, nº 144 y145




AVE MARÍA

En este mes la Iglesia celebra a Nuestra Señora del Monte Carmelo. En efecto, el 16 de julio de 1251, Nuestra Señora se aparece al santo carmelita inglés, Simón Stock, y le entrega el Escapulario milagroso del Carmelo, con estas palabras:  Recibe, querido hijo, este Escapulario de tu Orden como signo distintivo de mi fraternidad y la muestra del privilegio que he obtenido para ti y los hijos del Carmelo. El que muera con éste escapulario será salvado y no sufrirá nunca del fuego eterno. Es un signo de Salvación. 

Una salvaguarda en los peligros, un compromiso de paz y de eterna alianza. Setenta años después, Nuestra Señora se apareció al Papa Juan XXII y le hizo una nueva promesa, considerada como un complemento de la primera. Al principio, el Escapulario era de uso exclusivo de los religiosos carmelitas. Más tarde la Iglesia, deseando extender los privilegios y beneficios espirituales de este uso a todos los católicos, simplificó su tamaño y autorizó que todos puedan recibirlo.

Manuel García




JESÚS ES NUESTRA ALEGRÍA

El Papa Francisco reflexionaba hace pocos días sobre cómo se dicen y se interpretan las palabras:

«El problema que nosotros tenemos hoy no es tanto lo que uno dice o lo que no dice, sino el cómo. Lo importante es decir las cosas con projimidad, con cercanía, entonces, expresa la ternura».
Una gran verdad del Papa Francisco. En muchas ocasiones decimos cosas que son mal interpretadas o bien las hemos expresado mal. Tenemos que pensar, que la forma de manifestar nuestras opiniones son fundamentales para que los que no son cristianos entiendan lo que les queremos decir, que no nos mal interpreten. Debemos empatizar con nuestros semejantes, ser ejemplo de vida y buscar la proximidad con ellos. 
¡¡¡Jesús es nuestra guía!!!

     Antonio Vaquerizo




LOS NIÑOS

Y una mujer que sostenía un niño contra su seno pidió: Háblanos de los niños.
Y él dijo:
Vuestros hijos no son hijos vuestros.
Son los hijos y las hijas de la Vida, deseosa de sí misma.
Vienen a través vuestro,
pero no vienen de vosotros.
Y, aunque están con vosotros, no os pertenecen.
Podéis darles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos. Porque ellos tienen sus propios pensamientos.
Podéis albergar sus cuerpos, pero no sus almas. Porque sus almas habitan en la casa del mañana que vosotros no podéis visitar, ni siquiera en sueños.
Podéis esforzaros en ser como ellos, pero no busquéis el hacerlos como vosotros.
Porque la vida no retrocede ni se entretiene con el ayer. Vosotros sois el arco desde el que vuestros hijos, como flechas vivientes, son impulsados hacia delante.
El Arquero ve el blanco en la senda del infinito y os doblega con Su poder para que Su flecha vaya veloz y lejana. Dejad, alegremente, que la mano del Arquero os doblegue. Porque, así como El ama la flecha que vuela, así ama también el arco, que es estable.

Kahlil Gibran, El profeta




«HÁBLANOS DE LA BELLEZA»

Y un poeta dijo: Háblanos de la Belleza.
Y él respondió:
¿Dónde buscaréis la belleza y cómo haréis para encontrarla a menos que ella misma sea vuestro camino y vuestro guía? ¿Y cómo hablaréis de ella, a menos que ella misma teja vuestro hablar? (…)
Todas estas cosas habéis dicho de la belleza.
Pero, en verdad, hablasteis, no de ella, sino de vuestras necesidades insatisfechas.
Y la belleza no es una necesidad, sino un éxtasis.
No es una sedienta boca, ni una vacía mano extendida.
Sino, más bien, un corazón ardiente y un alma encantada:
No es la imagen que veis ni la canción que oís.
Sino, más bien, una imagen que véis cerrando los ojos y una canción que oís tapándoos los oídos.
No es la savia que corre debajo de la rugosa corteza, ni el ala prendida a una garra.
Sino, más bien, un jardín eternamente en flor y una bandada de ángeles en vuelo eternamente.
Pueblo de Orfalese, la belleza es la vida, cuando la vida descubre su sagrado rostro.
Pero vosotros sois la vida y vosotros sois el velo.
La belleza es la eternidad que se contempla a sí misma en un espejo. Pero vosotros sois la eternidad y vosotros sois el espejo.

Kahlil Gibran, El profeta




Felices los mansos, porque heredarán la tierra

Él dijo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29). Si vivimos tensos, engreídos ante los demás, terminamos cansados y agotados. Pero cuando miramos sus límites y defectos con ternura y mansedumbre, sin sentirnos más que ellos, podemos darles una mano y evitamos desgastar energías en lamentos inútiles. Para santa Teresa de Lisieux «la caridad perfecta consiste en soportar los defectos de los demás, en no escandalizarse de sus debilidades».

(…) en la Biblia suele usarse la misma palabra anawin para referirse a los pobres y a los mansos. Alguien podría objetar: «Si yo soy tan manso, pensarán que soy un necio, que soy tonto o débil». Tal vez sea así, pero dejemos que los demás piensen esto. Es mejor ser siempre mansos, y se cumplirán nuestros mayores anhelos: los mansos «poseerán la tierra», es decir, verán cumplidas en sus vidas las promesas de Dios. Porque los mansos, más allá de lo que digan las circunstancias, esperan en el Señor, y los que esperan en el Señor poseerán la tierra y gozarán de inmensa paz (cf. Sal 37,). Al mismo tiempo, el Señor confía en ellos: «En ese pondré mis ojos, en el humilde y el abatido, que se estremece ante mis palabras» (Is 66,2).

Papa Francisco, Gaudete et exsultate, nº 72 y 74