URAKAMI


En 1865, Japón volvió a abrir sus puertas a los extranjeros tras dos siglos de cierre total. Padre Petitjean (1829-1884) de las Misiones Extranjeras de París llegó a Nagasaki y erigió en esta ciudad una pequeña iglesia. Un día vio un grupo de 12 a 15 personas, incluidos hombres, mujeres y niños, de pie frente a la puerta de nuestra iglesia. Me apresuré a abrirla. Una mujer se me acercó y poniéndose la mano sobre el pecho, me dijo:   
 – ¿Nuestro corazón y el de todos los aquí presentes es como el tuyo?   
 –

​ ​

Ciertamente, le respondí, pero ¿tú de dónde eres?    

 – Casi todos somos de Urakami. 
E inmediatamente la mujer preguntó: "¿Dónde está la imagen de Santa María?"  Al oír este nombre bendito, ya no tuve ninguna duda. Me di cuenta de que ciertamente estaba en presencia de viejos cristianos del Japón. Eran quince mil y habían mantenido su fe incluso sin un sacerdote durante dos siglos y medio. Conduje al pequeño grupo al altar de la Santísima Virgen, y llenos de alegría y emoción, todos comenzaron a orar. 




Nuevo horario de misas junio-septiembre 2018




 



Papa Francisco: Por qué hay que hacerse como niños….


Nueva catequesis sobre la familia en la Audiencia General

Queridos hermanos y hermanas
 
Tras haber revisado las diversas figuras de la vida familiar – madre, padre, hijos, hermanos, abuelos–, quisiera concluir este primer grupo de catequesis sobre la familia hablando de los niños. Lo haré en dos momentos: hoy me detendré en el gran don que los niños son para la humanidad, y la semana próxima sobre algunas heridas que por desgracia hace daño a la infancia. Me vienen a la mente los muchos niños que encontré durante mi último viaje a Asia: llenos de vida, de entusiasmo, y por otra parte, veo que en el mundo muchos de ellos viven en condiciones indignas… en efecto, de como son tratados los niños se puede juzgar una sociedad.
 

En primer lugar, los niños nos recuerdan que todos, en los primeros años de la vida, hemos sido totalmente dependientes de los cuidados y de la benevolencia de los demás. Y el Hijo de Dios no se ahorró esta etapa. Es el misterio que contemplan cada año en Navidad. El Belén es el icono que nos comunica esta realidad de la forma más sencilla y directa.
 
Dios no tiene dificultad para hacerse entender por los niños, y los niños no tienen problemas para entender a Dios. No por casualidad en el Evangelio hay algunas palabras muy bellas y fuertes de Jesús sobre los «pequeños«. Este término «pequeños» indica a todas las personas que dependen de la ayuda de los demás, y en particular los niños. Por ejemplo, Jesús dice: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los inteligentes y las has revelado a los pequeños» (Mt 11,25). Y también: «Cuidado de no despreciar a uno solo de estos pequeños, porque yo os digo que sus ángeles en los cielos están viendo siempre el rostro de mi Padre» (Mt 18,10).
 
Por tanto, los niños son en sí mismos una riqueza para la humanidad y para la Iglesia, porque nos recuerdan constantemente la condición necesaria para entrar en el Reino de Dios: la de no considerarnos autosuficientes, sino necesitados de ayuda, de amor y de perdón.
 
Los niños nos recuerdan que somos siempre hijos: aunque uno sea adulto, o anciano, aunque sea padre, ocupe un puesto de responsabilidad, en el fondo sigue estando la identidad de hijo. Y esto nos remite siempre al hecho de que la vida no nos la hemos dado sino que la hemos recibido. A veces corremos el riesgo de vivir olvidando esto, como si fuéramos nosotros los dueños de nuestra existencia, y en cambio somos radicalmente dependientes. En realidad, es motivo de gran alegría sentir que en cada edad de la vida, en toda situación, en  toda condición social, somos y seguiremos siendo hijos. Este es el principal mensaje que los niños nos dan, con su misma presencia.
 
Pero hay muchos dones, muchas riquezas que los niños llevan a la humanidad. Recuerdo sólo algunos.
 
Traen su manera de ver la realidad, con una mirada confiada y pura. El niño tiene una confianza espontánea en papá y mamá; y tiene una confianza espontánea en Dios, en Jesús, en la Virgen. Al mismo tiempo, su mirada interior es pura, no aún contaminada por la malicia, por las dobleces, por las «incrustaciones» de la vida que endurecen el corazón. Sabemos que también los niños tienen el pecado original, que tienen sus egoísmos, pero conservan una pureza, una sencillez interior.
 
Los niños además llevan en sí la capacidad de recibir y dar ternura. Ternura es tener un corazón «de carne» y no «de piedra», como dice la Biblia (cfr Ez 36,26). La ternura es también poesía: es «sentir» las cosas y los acontecimientos, no tratarlos como meros objetos, sólo para usarlos, porque sirven …
 
Los niños tienen la capacidad de sonreír y de llorar: dos cosas que en nosotros los mayores a menudo se «bloquean», ya no somos capaces… Depende siempre del corazón que se endurece… Y así los niños pueden enseñarnos otra vez a sonreír y a llorar.
 
Por todos estos motivos, Jesús invita a sus discípulos a «ser como los niños», porque «de quien es como ellos es el Reino de los cielos» (cfr Mt 18,3; Mc 10,14).
 
Queridos hermanos y hermanas, los niños dan vida, alegría, esperanza. Ciertamente dan también preocupaciones y a veces problemas; ¡pero es mejor una sociedad son estas preocupaciones y estos problemas, que una sociedad triste y gris porque se ha quedado sin niños!




Ave María

En la fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo nuestro agradecimiento sube al Padre que nos ha dado el Verbo Divino, Pan vivo bajado del cielo; este agradecimiento se eleva también con alegría a la Virgen. (…)Ella ha preparado esa Carne y esa Sangre, antes de ofrecérselos al Verbo como don de toda la familia humana, para que Él se revistiese de ellos convirtiéndose en nuestro Redentor, Sumo Sacerdote y Víctima. En la raíz de la Eucaristía está, pues, la vida virginal y materna de María, su desbordante experiencia de Dios, su camino de fe y de amor, que hizo, por obra del Espíritu Santo, de su carne un templo, de su corazón un altar: puesto que concibió no según la naturaleza, sino mediante la fe, en un acto libre y consciente: un acto de obediencia. Y si el Cuerpo que nosotros comemos y la Sangre que bebemos son el don inestimable del Señor Resucitado para nosotros, lleva también consigo, como Pan fragante, el sabor y el perfume de la Virgen Madre.

San Juan Pablo II.