Vivir con sinceridad

[…] querer el bien del otro significa escucharlo, demostrarle una atención sincera, compartir sus alegrías y sus pruebas, preocuparse de él, acompañarlo en su camino. El otro no es nunca un extraño, sino un hermano, una hermana que es parte de mí, a quien quiero servir. […]
(Fuente:Palabra de vida – Julio 2016)



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Carta del Papa Francisco a los jóvenes.

Con ocasión de la presentación del Documento Preparatorio de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos
Queridos jóvenes,
Tengo el agrado de anunciarles que en el mes de octubre del 2018 se celebrará el Sínodo de los Obispos sobre el tema «Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional». He querido que ustedes ocupen el centro de la atención porque los llevo en el corazón. Precisamente hoy se presenta el Documento Preparatorio, que les ofrezco como una "guía» para este camino.
Me vienen a la memoria las palabras que Dios dirigió a Abrahán: «Vete de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré» (Gen 12,1). Estas palabras están dirigidas hoy también a ustedes: son las palabras de un Padre que los invita a "salir» para lanzarse hacia un futuro no conocido pero prometedor de seguras realizaciones, a cuyo encuentro Él mismo los acompaña. Los invito a escuchar la voz de Dios que resuena en el corazón de cada uno a través del soplo vital del Espíritu Santo.
Cuando Dios le dice a Abrahán «Vete», ¿qué quería decirle? Ciertamente no le pedía huir los suyos o del mundo. Su invitación fue una fuerte provocación para que dejase todo y se encaminase hacia una tierra nueva. Dicha tierra, ¿no es acaso para ustedes aquella sociedad más justa y fraterna que desean profundamente y que quieren construir hasta las periferias del mundo?
Sin embargo, hoy, la expresión «Vete» asume un significado diverso: el de la prevaricación, de la injusticia y de la guerra. Muchos jóvenes entre ustedes están sometidos al chantaje de la violencia y se ven obligados a huir de la tierra natal. El grito de ellos sube a Dios, como el de Israel esclavo de la opresión del Faraón (cfr. Es 2, 23).
Deseo también recordarles las palabras que Jesús dijo un día a los discípulos que le preguntaban: «Rabbí […] ¿dónde vives?». Él les respondió: «Venid y lo veréis» (Jn 1,38). También a ustedes Jesús dirige su mirada y los invita a ir hacia Él. ¿Han encontrado esta mirada, queridos jóvenes? ¿Han escuchado esta voz? ¿Han sentido este impulso a ponerse en camino? Estoy seguro que, si bien el ruido y el aturdimiento parecen reinar en el mundo, esta llamada continua a resonar en el corazón da cada uno para abrirlo a la alegría plena. Esto será posible en la medida en que, a través del acompañamiento de guías expertos, sabrán emprender un itinerario de discernimiento para descubrir el proyecto de Dios en la propia vida. Incluso cuando el camino se encuentre marcado por la precariedad y la caída, Dios, que es rico en misericordia, tenderá su mano para levantarlos.
En Cracovia, durante la apertura de la última Jornada Mundial de la Juventud, les pregunté varias veces: «Las cosas, ¿se pueden cambiar?». Y ustedes exclamaron juntos a gran voz «¡sí»». Esa es una respuesta que nace de un corazón joven que no soporta la injusticia y no puede doblegarse a la cultura del descarte, ni ceder ante la globalización de la indiferencia. ¡Escuchen ese grito que viene de lo más íntimo! También cuando adviertan, como el profeta Jeremías, la inexperiencia propia de la joven edad, Dios los estimula a ir donde Él los envía: «No les tengas miedo, que contigo estoy para salvarte» (Jer 1,8).
Un mundo mejor se construye también gracias a ustedes, que siempre desean cambiar y ser generosos. No tengan miedo de escuchar al Espíritu que les sugiere opciones audaces, no pierdan tiempo cuando la conciencia les pida arriesgar para seguir al Maestro. También la Iglesia desea ponerse a la escucha de la voz, de la sensibilidad, de la fe de cada uno; así como también de las dudas y las críticas. Hagan sentir a todos el grito de ustedes, déjenlo resonar en las comunidades y háganlo llegar a los pastores. San Benito recomendaba a los abades consultar también a los jóvenes antes de cada decisión importante, porque «muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor» (Regla de San Benito III, 3).
Así, también a través del camino de este Sínodo, yo y mis hermanos Obispos queremos contribuir cada vez más a vuestro gozo (cfr. 2 Cor 1,24). Los proteja María de Nazaret, una joven como ustedes a quien Dios ha dirigido su mirada amorosa, para que los tome de la mano y los guíe a la alegría de un ¡heme aquí! pleno y generoso (cfr. Lc 1,38).
Con paternal afecto,
FRANCISCO
Vaticano, 13 de enero de 2017




Es Navidad



¡Es Navidad! 
El Verbo se ha hecho hombre 
y ha encendido el amor en la tierra. 
¡Es Navidad! 
Y quisiéramos que este día no pasase jamás. 
Enséñanos, Señor, a perpetuar tu presencia entre los hombres. 
¡Es Navidad!
¡Que tu amor encendido en la tierra 
inflame nuestros corazones 
para que nos amemos como tú quieres! 
Entonces estarás entre nosotros. 
Y, si nos amamos, cada día puede ser Navidad. 
(Fuente: Chiara Lubich – Y vuelve la Navidad, Editorial Ciudad Nueva, Madrid 1997,  pag. 80)



El pensil de María.

Este año se celebra el primer centenario de las apariciones de Nuestra Señora en Fátima y asimismo el primer centenario de la fundación de La Milicia de La Inmaculada.
Vamos a volcarnos este año de gracia en estos dos hechos tan relevantes.
En primer lugar durante varios meses, desgranaremos las promesas de Nuestra Señora a los devotos del Rosario.
La oración del Rosario es una oración de intercesión. San Pio X decía: “Denme un ejército que rece el Rosario y yo conquistaré el mundo”.
Encuentro tan simple y hermoso el interceder por aquellas y aquellos que se confían a nosotros por la oración del rosario. Recuerdo una niña de 9 años que a las 11:00 p.m delante de su tienda scout, rezaba sola el Rosario por la conversión de su papá.
El Rosario es la oración de los pobres, y es porque somos demasiado ricos que esta oración nos parece difícil. Pienso en una persona enferma de Alzheimer, cuya sola coherencia verbal era el “Ave María”.

La oración del Rosario le gusta a María, donde quiera que la Virgen se aparece, pide rezar el Rosario. Desconocemos la razón profunda. No olvidemos que fue zambulléndose siete veces en el Jordán que Naamán, el leproso, escéptico,  ante la simpleza de la orden, salió curado… ¡Eso es también el Rosario!