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No tener miedos ni prejuicios

"Si queremos que el mundo sea un lugar favorable a la vida humana, 
en el sentido más pleno, 
que comprende también la idea de civilización, 
-dice la filósofa Elena Pulcini- 
tenemos que dejar de tener miedo del otro 
y empezar, más bien, tener miedo por el otro, 
reconociéndonos en su misma situación de vulnerable fragilidad, 
en lugar de identificarlo como un competidor, 
un rival en el goce del mundo 
(o del amor de Dios, como parecía Abel, a los ojos de Caín). 
Cuando, encontrando a los demás, 
veamos mujeres, hombres y niños 
y no un diferente color de la piel 
o un pormenor que habla de una cultura diferente de la nuestra, 
entonces surgirá inevitable 
la "conciencia de compartir una condición común 
de debilidad, perfección, sufrimiento".
La solidaridad, el tener cuidado de la existencia, 
sea como cuidados de uno, sea como celo por el otro, nace de aquí."
(Fuente: Con ojos diversos, arte y relaciones humanas,de Michela Dall’Aglio Maramotti, p. 114)



Invadir el mundo con el amor

«[…] hay que invadir el mundo con el amor, comenzando por nosotros mismos, por lo tanto, por vosotros, chicos.
Pero, alguno de los aquí presentes podría preguntarme:
“¿Es compatible el amor, que nos amemos, con el estilo de vida que nuestras culturas nos han transmitido?”
Sí, es posible: id a buscar en vuestros libros sagrados y encontraréis – está casi en todas parte – la denominada “Regla de oro”.
El cristianismo la conoce así:
“Haz a los otros lo que quisieras que hiciesen contigo” (cf. Lc 6,31).
Y así, Israel:
“No hagas a nadie lo que a ti no te gusta” (Tb, 4,15).
El Islam:
 “Ninguno de vosotros es verdadero creyente si no desea para el hermano lo que desea para sí mismo” (Hadith 13, Al Bukhari).
Y el hinduismo:
“No hagas a los otros lo que sería causa de dolor si se hiciera a ti” (Mahabharata 5: 1517).
Todas son frases que significan: respeta, ama a tu prójimo.
Y si tú, muchacho musulmán, amas; y tú, cristiano, amas; y tú, hebreo, amas; y tú, hindú, amas, sin duda, llegaréis a amaros recíprocamente.
Y así, entre todos.
He aquí realizada una porción de la fraternidad universal. […]»
(Fuente: Chiara Lubich – La regola d’oro – Città Nuova)